Mi vida y mis gustos

Hay pasiones que no se eligen. Simplemente nacen contigo. En mi caso, hay cuatro que se han convertido en pilares de mi día a día: el café, el rock, la bicicleta y la escritura.

El café es mucho más que una bebida: es un ritual. Cada taza representa un momento de pausa y de conexión conmigo mismo. El aroma intenso, el calor entre las manos. Ese primer sorbo que despierta los sentidos. Es como si el mundo se detuviera por un instante. El café no solo me acompaña, me inspira.

El rock, en cambio, es mi motor. Esa energía cruda, honesta y sin filtros me recuerda quién soy y hacia dónde voy. Las guitarras me levantan cuando me caigo, las letras me devuelven fuerza cuando la pierdo. Es la banda sonora de mi vida y siempre lo será. Muy Green Day vibes de mi parte estás letras quizá.

Montar bicicleta me da libertad. No hay nada como sentir el viento en el rostro mientras pedaleo, dejando atrás las preocupaciones y ganando kilómetros de paz interior. La bicicleta me enseña constancia, me recuerda que el camino se disfruta más que la meta.

Y finalmente, la escritura. Escribir es desnudar el alma con palabras. Es mi manera de ordenar pensamientos, de transformar experiencias en algo que pueda tocar a los demás. Escribir me da voz, me permite dejar una huella, aunque sea pequeña, en quienes se crucen con mis letras.

Quizás estas pasiones no tengan nada en común a simple vista, pero en mi vida forman una sinfonía perfecta. Café para despertar, rock para vibrar, bicicleta para liberar y escritura para expresar. Al final, todo se reduce a eso.

El brillo que permanece🪄

Era de esas tardes curiosas en las que salía del café con mi mochila y mi laptop buscando caminar un rato para despejarme entre árboles y calles silenciosas. Pero la calma no estaba afuera, sino adentro: mi mente volvía una y otra vez al recuerdo de esa sonrisa que me impactó desde el primer instante. Esa mirada que cruzamos, fugaz pero intensa, quedó grabada como si el tiempo se hubiera detenido solo para presentarnos.

Todavía recuerdo aquella primera vez en que te escuché. Me quedé allí, en silencio, observándote, como si las palabras se hubieran quedado atrapadas en mi garganta. No es que no quisiera hablarte, claro que quería, pero no sabía cómo empezar. Era como si el universo me hubiera puesto frente a una puerta y yo me quedara quieto sabiendo que si la abría nada volvería a ser igual.

El destino fue generoso porque bastó un tema en común para derribar esa barrera invisible. Descubrimos que compartíamos una pasión que ambos amamos sin medida y desde entonces las palabras fluyeron solas. Desde ese momento no hemos dejado de hablar y me sigue pareciendo gracioso cómo todo comenzó, como si fuera una casualidad escrita de antemano.

Hablar contigo era sentirme en casa. Había algo en tu voz que me desarmaba, una melodía delicada que aún hoy recuerdo con claridad. Me sorprendía riéndome solo, con esa alegría que no necesita explicación. Y aunque intentaba disimularlo, en el fondo, sabía perfectamente por qué me pasaba: eras tú.

Cuestionaba lo incuestionable. Decía estar ocupado, pero apenas veía tu nombre, encontraba la manera de desocuparme. Podía tener mil pendientes, pero mi mente se escapaba en segundos para buscar tu mirada, tu voz, tu energía. A veces me preguntaba: ¿por qué pienso tanto en ella? ¿Por qué me gusta hablar con ella? Y la respuesta, aunque me resistiera, siempre era la misma: porque había algo diferente, algo que no se explica con lógica, sino con el corazón.

Quizá era un comienzo disfrazado de coincidencia. Quizá era el eco de algo que ya estaba escrito. Lo cierto es que desde esa primera conversación sentí que había encontrado un espejo donde podía reconocerme y, al mismo tiempo, descubrir una nueva versión de mí mismo.

La última vez que te vi, algo se removió dentro de mí. Fue como si el tiempo hubiera jugado con mi memoria: habían pasado solo días. Sin embargo, te extrañaba como si hubieran sido años. Y ahí comprendí que cuando alguien nos toca el alma, la distancia no se mide en días ni en semanas, sino en el latido que falta cuando no está.

Hoy camino y pienso en cómo un simple cruce de miradas puede cambiar el rumbo de todo. En cómo una sonrisa puede convertirse en un faro, en cómo una conversación puede ser el inicio de una historia que ni siquiera imaginabas. Quizá el destino tenga maneras curiosas de tejer encuentros, pero lo cierto es que desde aquel instante algo en mí decidió no ser el mismo.

Y si me preguntas – ¿Por qué lo recuerdo con tanta intensidad?- La respuesta es sencilla: porque hay recuerdos que no sólo se guardan en la memoria, sino que se quedan viviendo en el corazón.

Y es que a veces basta una mirada para que el alma reconozca lo que el corazón siempre supo.

Cosas que me pasan de vueltas

Todos tenemos cosas que nos pasan de vueltas o que quizá cuestionamos o no nos hace sentido. Yo les voy a platicar de las cosas que me pasan de vueltas en este post.

Me pasa de vueltas la gente que hace ghosting. Es decir, esas personas que te dejan hablar de la nada y luego vuelven como si nada. ¿Todo bien por casa? A veces me pregunto, ¿Por qué no son honestos? y cortan toda comunicación desde ya y salen de esa situación por la puerta grande.

Me pasa de vueltas la gente que solo te escribe cuando quiere un favor, cuando quieren que les prestes dinero. Esto lo he vivido en carne propia y de unas personas que jamás pensé que lo harían. Pero como también digo todo en la vida es aprendizaje, si no hubiera pasado esto, tampoco sabría qué calidad de gente tengo a mi alrededor y qué personas ya no debo tener en mi vida. En temas de dinero, sugiero no prestar amiguitos. Yo en lo particular no presto.

Me pasa de vueltas las personas que andan contando las calorías cuando uno sale entre amigos o familia a comer. De hecho, cuando veo gente que es así, procuro en lo posible no volver a salir a comer con ellos. Porque no te dejan comer en paz, te andan diciendo no tomes esta coca-cola que te hace daño, de comer este postre porque tiene tantas calorías. Uno va a comer, no a sentir culpa. También me ha tocado tener ese tipo de gente cerca, en algunas ocasiones sí he dado mi punto de vista y un punto de vista muy gélido para que me dejen en paz y en otras ocasiones solo puse cara de incómodo. A veces un gesto dice más que mil palabras. También me pasa de vueltas esas personas que quieren ser amigo de todos y quiere caerles bien a todo el mundo. Como diría mi abuelita: Vete de ahí lo más pronto posible.

Me pasa de vueltas la gente que debe dinero o le prestas algo y nunca te lo devuelven. Lo que más me pasa de vueltas es que saben que tienen que devolverte y me da la impresión que de una u otra forma están esperando que te olvides para ya no devolverte por ejemplo el libro que les prestaste o el dinero. No hagan eso, todo da vueltas.

Bueno esas son cosas que me pasan de vueltas, me gustaría leerlos o saber qué cosas le pasan de vueltas a ustedes.

Good Riddance

Este miércoles voy a revivir a un personaje que creí haber dejado en el pasado: mi yo adolescente. Ese chico imberbe, loco y extrovertido que tenía una banda de rock llamada Skull & Bones, donde yo era el baterista. Eran días de adrenalina pura: escaparme del colegio, faltar a la confirmación con tal de ensayar, pintarme las uñas de negro los viernes y sábados, delinearme los ojos, ponerme un arete a presión y vestirme completamente de negro. Era un ritual, una identidad, una forma de gritarle al mundo que estaba vivo.

Con mis amigos buscábamos cualquier rincón donde la música nos acompañara: el parque Domodossola, el Malecón, el Olivar. Siempre a escondidas del serenazgo, entre cigarros y marihuana, pero sobre todo entre sueños gigantes. Teníamos ganas de comernos el mundo, de que nuestra música lo sacudiera todo y en ese entonces anhelamos llenar estadios a la magnitud de estas bandas icónicas.

Green Day fue banda sonora de esa etapa. Sus canciones me hicieron sentir que no estaba solo, que había una tribu ahí afuera que vibraba con la misma chispa y la misma pasión. Por eso el día miércoles al verlos en concierto después de tantos años, siento que voy a encontrarme cara a cara con ese adolescente que todavía respira en mí.

La diferencia es que hoy soy otro. Ya no fumo, ni cigarro ni marihuana. Ya no confío a ciegas ni busco ser amigo de todos. Ahora prefiero calidad antes que cantidad y soy fiel creyente de que las energías nunca mienten.

El miércoles no sólo voy a ver a una de mis bandas favoritas. Voy a abrazar a ese chico rebelde que me enseñó a vibrar, pero también al hombre que aprendió a elegir con calma. En ese reencuentro, mi adolescencia y mi presente lo darán todo definitivamente.

Fue ayer y no me acuerdo


Fue ayer y no me acuerdo exactamente cómo empezó, pero sí recuerdo cómo terminó. Entramos a un restaurante con la expectativa de una comida tranquila y una promoción que nos llamó la atención. La cartilla decía un precio; al final, la cuenta era otra. No había comanda, no hubo buen trato, nos quedamos un buen rato esperando y, cuando todo terminó, pagamos de más. Salimos con la sensación de que algo no cuadraba, como si la experiencia hubiera sido una ilusión perfecta desde afuera pero desastrosa por dentro.

Y aquí les voy con otra historia: una salida con una chica que, por un momento, parecía todo. Me hizo el verdadero lovebombing, hablamos bonito, nos reímos, nos besamos. Fue intenso y efímero; un par de días que parecían un universo completo. Pero luego, sin aviso, me ghosteó. Como si nada hubiera pasado, apareció en mi vida otra vez, sin considerar que yo ya no quería saber nada de ella. Un punto a favor para ambos es la distancia, pues, ella vive en Medellín y yo en Lima. Esa sensación de desconexión me dejó un sabor amargo, como si lo que vivimos fuera real y al mismo tiempo no existiera.

Mientras reflexiono sobre todo esto, pienso en los vendehumos que tanto abundan. Esos que prometen mundos y experiencias, que te hacen sentir que todo es posible, que tu felicidad depende de seguir sus recetas mágicas o comprar sus productos. Te venden ilusión envuelta en palabras bonitas, y cuando la magia se termina, solo queda vacío. Igual que en el restaurante, igual que en ese beso que parecía eterno y se desvaneció en segundos.

Y entonces pienso en el positivismo tóxico, esa idea de que todo debe ser perfecto, que no está bien sentirse herido, confundido o decepcionado. Que si algo te molesta, es tu culpa por no pensar positivo. Es peligroso, porque borra la legitimidad de lo que sentimos. No todo es promoción engañosa, no todo es amor pasajero disfrazado de intensidad, y no todo lo que brilla es luz. A veces, solo es un recordatorio de que somos humanos, vulnerables y complejos.

Fue ayer y no me acuerdo de los detalles exactos, pero sí recuerdo cómo se sintió cada momento: la confusión, la risa, la decepción, el deseo, la incomodidad. Todo mezclado, como un collage imperfecto que al final dice algo muy simple: vivimos experiencias, nos equivocamos, nos dejamos llevar, nos dejamos engañar, y seguimos adelante.

Al final, tal vez lo importante no es recordar cada detalle, sino reconocer lo que sentimos, aprender de ello y no dejar que la ilusión o la exigencia de “ser feliz siempre” borre nuestra verdad.

Donde el Olivar guarda mis pasos

Hay calles que no están hechas de asfalto, sino de memorias.
La calle Miguel Dasso, en San Isidro, que es mi lugar de las grandes ideas y donde escribo esta clase de cosas. Siempre será para mí una de esas calles donde puedo ser yo. No sé si es por la forma en que la luz se filtra entre los árboles o por la manera en que el silencio se cuela entre los pasos, pero cada vez que vuelvo, algo dentro de mí despierta y se revuelve.

Aquella tarde, el cielo estaba del color del café que me servían en la cafetería del pajarito que canta. Un árbol dentro del café, iluminación perfecta, café de calidad, una barra de madera con marcas coloridas y una cafetera que parece latir con cada respiro del lugar. El aroma me abrazaba como si supiera que yo estaba allí para despedirme de algo, aunque ni yo mismo entendiera del todo.

Mientras esperaba mi espresso doble shot, pensé en cómo los lugares se llenan de rostros que ya no están. En esa mesa junto a la ventana alguna vez reí con alguien, sin sospechar que el calendario nos iría arrancando páginas hasta dejarnos en márgenes distintos de la vida. Me pregunté si también tú, en alguna calle de otra ciudad, estarías oliendo a café o te pediste ese café que te enseñé a elegir y sintiendo ese nudo dulce y amargo que da la nostalgia.

Salí de Puku Puku y caminé hacia el Bosque El Olivar. Ese bosque con sus olivos centenarios, siempre me pareció un lugar suspendido en un tiempo propio. Ahí no importa la prisa de las avenidas, ni los relojes que insisten en recordarte la hora. Ahí uno puede escuchar el lenguaje lento de las hojas, el susurro de ramas que han visto más despedidas que cualquier corazón humano.

Me senté en una banca y dejé que el viento hiciera su trabajo; llevarse lo que pesa, devolverme lo que importa. Cerré los ojos y recordé nuestra caminata por aquí. Íbamos hablando de cualquier cosa —películas, libros, la travesura de un adolescente imberbe, lo mucho o lo poco que habíamos dormido y cuando soñamos en convertirnos en nuestras mejores versiones — y sin saberlo, estábamos escribiendo el último capítulo de algo. Lo que no sabíamos es que algunos finales son silenciosos, que no se anuncian, que solo se revelan cuando uno mira atrás.

Hoy, sentado otra vez en este mismo banco, entendí que no vine para recordar lo que fue, sino para aceptar lo que ya no es. Que la nostalgia, bien entendida, es también un puente hacia la transformación.

En la calle Miguel Dasso, en esa cafetería y en las sombras largas del Olivar aprendí que no todos los lugares son para quedarse, pero todos tienen algo para enseñarte antes de que sigas caminando.

Me levanté y con un último vistazo al bosque, supe que ese capítulo estaba completo. No porque lo haya olvidado, sino porque ahora puedo llevarlo conmigo sin que duela.

Y mientras caminaba de regreso con el aroma del café aún en la memoria, sentí que la calle, el bosque y yo estábamos en paz. Una paz que no puedo explicar (bueno, creería que no sé explicarla o no tengo los suficientes cojones para hacerlo) esa es mi versión, aunque no he contado toda la historia.

Cuando el alma recuerda

Hay momentos que no están hechos para repetirse, pero sí para recordarse. Como si ciertos encuentros fuesen semillas que no germinan de inmediato, sino que se quedan dormidas bajo la tierra del tiempo, esperando el clima perfecto para brotar… o simplemente para recordarnos que estuvieron ahí.

No sé si tú también lo has sentido alguna vez. Esa sensación de haber cruzado caminos con alguien que parece haber sido escrito con una tinta parecida a la tuya. No lo digo en voz alta. Solo lo dejo caer en pensamientos breves, como quien deja migas de pan para que alguien más, en alguna parte, quizás lo intuya.

Y es que hay personas que no se olvidan con los días. Se archivan. Se guardan en cajones invisibles del alma. Uno no las recuerda a diario, pero sí en ciertas canciones, en el olor del café recién molido, en una palabra dicha por alguien más que, por azar o destino, evoca su voz. En los silencios. Sobre todo, en esos.

A veces me pregunto ¿qué habría pasado si hubiéramos coincidido en otro momento? Si en lugar de cruzarnos con lo que éramos, lo hacíamos con lo que estamos siendo ahora. ¿Seríamos los mismos? ¿O estaríamos en otros brazos, en otros mapas?

No lo sé. Pero lo curioso es que hay memorias que insisten. Como si la vida dejara señales para que no olvidemos que en algún instante todo tuvo sentido. Al menos para uno de los dos.

Yo sigo creyendo que algunos vínculos no mueren. Se transforman. A veces en aprendizaje, a veces en arte, a veces simplemente en eso que nos hace mirar el pasado con una sonrisa muda. Como quien recuerda un libro que no terminó, pero que amó hasta la última página leída.

No quiero escribir esto como quien extraña. Tampoco como quien se lamenta. Solo como quien reconoce. Reconoce que hubo una conexión que, sin saber por qué, sigue flotando en alguna parte. Tal vez sea eso lo que más me inquieta: que no haya necesidad de explicarlo.

Una vez escuché que hay personas que llegan para enseñarte a sentir de nuevo. No para quedarse, sino para tocar una cuerda dormida. Para afinarla. Y luego marcharse. No por falta de amor, sino porque ese no era su papel en tu historia.

Sin embargo, qué curioso es este corazón que guarda lo que no se dice. Que memoriza detalles sin querer. Que sigue preguntándose, en tardes aparentemente normales, si ella también piensa, si también recuerda, si también a veces siente ese pequeño temblor cuando algo se parece al pasado.

No escribo esto para ti. O quizá sí. Incluso ni yo sé si lo escribo para ti. No importa, lo dejo aquí como quien lanza una botella al mar. Sin saber si alguien la recogerá. Pero con la fe de que tal vez quien tenga que leerla la encuentre justo cuando más lo necesita.

Y si por alguna razón, del otro lado de esta pantalla hay alguien que intuye que esto es  para ella, solo quiero decirte: te recuerdo con ternura. No con dolor. Con gratitud. No con rencor. Porque me enseñaste que incluso los encuentros breves pueden ser eternos cuando el alma los abraza como se debe.

Hay algo hermoso en saber que, aunque ya no caminemos juntos por ahora , hubo un momento en que nuestros pasos sonaron al mismo ritmo. Y con eso, a veces, basta.

Dicen que la vida siempre nos deja una posibilidad abierta. Que lo que está escrito en alguna parte del corazón, puede volver si tiene que volver. Yo no espero. Solo escucho. Y a veces, cuando el viento sopla en cierta dirección, me parece que escucho un eco. Uno que me resulta familiar. Uno que, por un segundo, me hace mirar hacia atrás y sonrío.

Porque quizá, después de todo, no se trata de buscar a nadie. Se trata de no olvidar lo que fuimos capaces de sentir. La vida y el momento es ahora. Yo sé muy bien lo que tu corazón siente. Las bocas pueden estar cerradas, pero las miradas y la voz del alma son las que hablan mucho más de lo que imaginas.

Algo más que te quería contar

Tenía catorce años cuando leí por primera vez No se lo digas a nadie, y la verdad es que me atrapó por completo.
Era un adolescente imberbe, y una de las pocas cosas que me gustaban del colegio era leer ese libro. Esperaba con ansias que comenzaran los cursos que menos me interesaban para sacar el libro, leerlo y desconectarme de ese mundo que nada tenía que ver conmigo.

Para mí, era un momento de escapatoria. Un espacio donde no me sentía juzgado, donde me sentía libre. Cada vez cuestionaba más el mundo, la vida, el porqué había llegado hasta aquí y por qué disfruté tan poco tiempo con mi padre. En el colegio, era solo ese libro y yo. No me importaba nada más. Ni siquiera el compañero tarado que intentaba hacerme bullying sin éxito alguno porque yo no me dejaba.

Aún recuerdo sus comentarios fuera de contexto. De hecho, aún lo hace o cree que lo que hace me ofende. Para su mala suerte y  yo no me dejo, ni me dejaré. Yo soy feliz haciendo lo que me apasiona.

Puedo notar en sus comentarios que hay heridas en él. No lo juzgo, y tampoco me interesa hacerlo. Pero sí quiero dejar algo muy en claro: qué importante es hacernos cargo de nosotros mismos, de nuestras emociones, de esas heridas que aún no nos permiten vivir como realmente deberíamos.

Hay gente que puede crecer y obtener muchas cosas, pero no necesariamente te envidian por lo que tienes, sino por lo que eres. Por ese brillo, por tu ser, por esa esencia que ni con todo el dinero del mundo se puede comprar.

Gracias a ese libro nació mi amor por la lectura. Por eso, cada año quiero asistir a la feria del libro, escribir, tener este blog, vivir entre letras. Para mí, escribir es libertad total.

Por cosas de la vida, amo escribir en cafeterías. Son espacios donde conecto con mis bebidas favoritas y mi pasión. ¿Qué más le puedo pedir a la vida? Con eso, ya lo tengo todo.

Solo quería contarles un poco de cómo nació mi amor por la lectura y la escritura. Ese episodio adolescente que les compartí es totalmente cierto. Y ya saben: nunca se callen, nunca se dejen pisotear. Sé tú. No cambies por encajar. Cambia para convertirte en tu mejor versión. Porque la vida es hoy. El momento es ahora.

El tío terrible y el escritor sin filtro

El escritor sin filtro es un fanático empedernido de las letras, de la filosofía y de la ciencia ficción. Era tan fan que cuando estaba trabajando en una oficina, acababa lo más rápido posible para escribir y luego publicar en su blog. El amor por las letras lo adquirió desde que leyó el primer libro de Jimmy Barclays, un libro que se titulaba «No se lo digas a Nadie»

El escritor sin filtro admite que admira mucho a Jimmy Barclays. Sabe y reconoce que él es su guía en el mundo de las letras aunque Jimmy no lo sepa por ahora. No se pierde ningún programa y si no logra verlo en vivo, acude a YouTube para ponerse al día. El escritor sin filtro sigue a Jimmy desde El Francotirador dónde llegaba su sección favorita, los vídeos humorísticos siete por siete. Cada vez que lo veia se mofaba sin cesar.

Por allá en el año dos mil nueve, el escritor tuvo la oportunidad de ir al programa de Barclays en dos ocasiones. Y en esas dos ocasiones, el escritor se acerca a Jimmy para que firme algunos ejemplares, de paso pedirle consejos. Jimmy con toda la amabilidad que le caracteriza, se los da sin filtros y hablándole como si fuesen viejos amigos. Otro detalle más que el escritor admira de Barclays.

El escritor y Jimmy ya no volvieron a verse después de casi dieciséis años. Ese reencuentro ha sido una grata experiencia para el escritor ya que además de pedirle un autógrafo y tomarse unas fotos, tuvieron una ligera tertulia dónde el escritor le hizo una broma a Jimmy que fiel a su estilo también le respondió y además le dió unos cuantos consejos porque el escritor le habló del primer libro que saldrá el próximo año. Jimmy le pidió leerlo, pidió que le envie la copia antes de su publicación. Para el escritor es todo un honor.


El escritor subió una foto con Jimmy en Instagram. Muchos piensan que algo bueno se viene y déjenme decirles que no se equivocan.

El amor en toda su índole


El amor no tiene teoría. No hay ecuación exacta que lo contenga. No hay fórmula que lo garantice, ni manual que lo gobierne. Es un territorio sin mapas, una brújula que a veces apunta al norte y otras veces… al centro del pecho.

Llega cuando quiere, como quiere. A veces de forma ruidosa, con fuegos artificiales y promesas. Y otras, como una brisa suave, apenas perceptible, pero inevitable. No siempre entra por la puerta principal; a veces se cuela por una mirada, por un gesto mínimo, por un silencio compartido.

El amor no es perfecto. No necesita serlo. Lo que sí necesita es presencia, verdad, ternura y valentía. Porque amar es un acto de coraje. Es entregarse sin garantías. Es decirle a alguien: “aquí estoy, con mis luces y mis sombras, y quiero caminar contigo, aunque no sepa hacia dónde exactamente.”

Hay quien cree que el amor debe doler para ser real. Pero no. El amor no duele. Duele el apego, duele el miedo, duele la expectativa. El amor, en esencia, es bálsamo. Es refugio. Es abrazo. Es esa voz que te dice “tranquilo, yo te sostengo”. Es ese silencio que no incomoda. Esa presencia que no invade, pero acompaña.

También es aprendizaje. Amar es descubrir que no todo se trata de ti. Que hay otra alma con sus propias batallas, sus propios ritmos, sus propios fantasmas. Y que amar también es honrar eso. Es tener la humildad de aceptar que no siempre sabrás qué hacer, pero aún así elegir quedarte.

He aprendido que el amor no siempre se dice. Se muestra. En el mensaje de buenos días. En el té que alguien te prepara cuando estás enfermo. En el “avísame cuando llegues” que parece una frase simple, pero en realidad es un «me importas» disfrazado.

Y también he aprendido que el amor no siempre dura para siempre. A veces viene para enseñarte algo. O para recordarte quién eres. A veces solo se queda el tiempo suficiente para sacudirte, despertarte y luego seguir su camino. Y eso también está bien. No todo lo que termina fue un error. Hay amores que solo vinieron a abrirte una puerta interna.

Hoy, escribo esto no porque lo entienda todo, sino porque lo siento. Porque he amado, me han amado, y a veces también me he perdido en el intento. Pero incluso en los tropiezos, en las despedidas, en los vacíos… el amor siempre deja algo. Siempre transforma.

Y por eso, aunque no pueda explicarlo del todo, aunque no sepa ponerlo en palabras exactas, sigo creyendo en él.

Porque cuando llega, y es real, el amor no se explica. Se vive. El amor no entiende géneros, religiones, etc. El amor es así.