Hoy se cumplen dieciséis años desde la última vez que te vi, y sin embargo, pareciera que fue ayer cuando salíamos por tu helado favorito, o cuando compartíamos esos frappés que no te gustaban tanto, pero igual los tomabas para complacerme y no dejarme solo. Cómo olvidar esas conversaciones hasta la madrugada, donde te contaba cada locura mía y cada paso importante que estaba por dar.
Recuerdo tu cara cuando te dije que me había equivocado de carrera y que ya no quería saber nada de la universidad. También los días en que, de vez en cuando, ibas a recogerme al colegio y nos íbamos a Plaza San Miguel por un helado, o por los nuggets de KFC que tanto amabas, pizzas, o cuando terminábamos en la Tiendecita Blanca por un postre.
Han pasado dieciséis años y aún te extraño. Han pasado dieciséis años y muero por contarte todo lo que estoy logrando, aunque sé que desde allá arriba me ves. Han pasado dieciséis años y cómo quisiera verte sentada leyendo mi blog. Me hubiera encantado que me acompañaras este sábado, un día muy importante para mí, porque conoceré a uno de mis escritores favoritos y tendré la oportunidad de mostrarle mi trabajo para recibir su opinión.
Algunas cosas han cambiado, pero otras siguen igual. A veces voy al Olivar y me siento en aquella banca donde conversábamos; paso por el lugar donde me pillaste haciendo alguna travesura; y cuando camino por el Óvalo Gutiérrez, es inevitable que invadas mis pensamientos.
Tú me enseñaste que los padres, antes que nada, deben ser amigos; que con confianza y lealtad se pueden lograr muchas cosas en la vida. Gracias a ti, me he convertido en una persona servicial y empática, y eso lo aprendí de la mejor manera: contigo.
Estoy a puertas de cumplir uno de mis más grandes sueños. Justo hoy recordé cuando te decía que quería ser escritor y que daría todo porque estuvieras presente en el lanzamiento de mi primer libro. Lamentablemente no será físicamente posible, pero sé que desde donde estás me acompañarás.
Mientras escribo esto, no puedo evitar acordarme de cuando sentí tu presencia hace unos meses en el concierto de Green Day, cuando sonaron Good Riddance, Boulevard of Broken Dreams y Wake Me Up When September Ends, y las lágrimas recorrían mi rostro. Te sentí cerca por un instante, y eso fue suficiente para mí.
También recordé algo que siempre me hace sonreír: cuando veías fotos de Billie Joe Armstrong y decías “oye, qué chico tan guapo… sigue escuchando su música”. Me daba risa cómo lo decías, con esa ternura tan tuya. Y cada vez que escucho Green Day, siento que sigo compartiendo contigo ese pequeño ritual nuestro.
Mamá, quédate tranquila: tengo unos amigos maravillosos. Tengo un círculo cercano que me encanta.
Gracias, mami, por darme la vida, por ser una mujer increíble, por enseñarme tanto, por inculcarme que los sueños se cumplen, por ser mi mejor amiga, mi confidente y por aquellas pláticas largas y divertidas que teníamos. Te mando un beso gigante hasta donde estés. No olvides que te amo muchísimo y que siempre seguiré el arte que Dios me dio como talento para impactar al mundo. Gracias por haberme hecho feliz mientras estuviste en la tierra.
Gracias, mamá. Eres increíble. Gracias por tanto. Te amo.