Nos fuimos caminando hasta la entrada principal del Hotel Sheraton. Había pedido un taxi y nos recogería justo ahí. Mientras esperábamos, seguimos conversando. Por momentos nos quedábamos en silencio, pero curiosamente su silencio me transmitía mucho más de lo que ella imaginaba. Yo estaba nervioso. Y cuando estoy nervioso suelo hablar más de lo normal. Sobretodo cuando la persona que tengo al lado me gusta mucho.
El taxi llegó. Le abrí la puerta, sostuve sus cosas para que pudiera subir con comodidad y luego subí yo. Íbamos camino a Primo’s Chicken Bar para almorzar. Durante el trayecto, ocurrió algo curioso. En la radio comenzó a sonar Basket Case de Green Day y justo la estaban pasando en Radio Oxígeno.
Cuando terminó la canción, volteé a verla y le dije:
—Y pensar que con esta canción empezó toda mi fanaticada por Green Day
Ella sonrió y me respondió:
—wow! qué interesante lo que me cuentas. ¿Pero solo te quedaste con esa canción?
—No —le respondí—. Empecé a investigar más sobre la banda. Esa canción pertenece al álbum Dookie, de 1994. Luego sacaron otros discos increíbles. Por ejemplo, Nimrod, de 1997, con canciones como Hitchin’ a Ride, Nice Guys Finish Last, Redundant, Good Riddance, The Grouch, entre muchas otras. Y ya sabes, American Idiot fue el que la sacaron del estadio.
Ella escuchaba con atención mientras yo hablaba con entusiasmo.
Luego me dijo:
—Yo soy fan de Air Supply.
—¿En serio?
—Sí. Me encantan Making Love Out of Nothing at All, Every Woman in the World, Even the Nights are Better, Lost in Love.
Sonreí.
—Esas canciones son hermosas.
Y entonces le confesé algo que me nació decírselo.
—De hecho, mi mamá era fanática de Air Supply. Su crush era Russell, el más chiquito del dúo.
No pudo evitar reírse.
—No te puedo creer. Qué linda historia.
—Sí —le dije— Lost in Love era su favorita junto con Even the Nights Are Better.
Como si el universo estuviera escuchando nuestra conversación, el taxista empezó a cambiar emisoras. Pasó de una estación a otra hasta llegar a Radio Mágica.
Y justo comenzó a sonar la canción favorita de Dayana. Ella empezó a cantarla en voz bajita y yo la observaba en silencio. La contemplaba.
Cuando terminó una parte de la canción, me animé a decirle:
—Qué hermoso cantas.
Ella me miró sorprendida.
—De verdad —continué—. Cantas muy lindo. Tienes una voz preciosa. Cantas lindo, hablas lindo, eres muy linda, hueles muy rico. Me transmites algo tan especial.
Sus mejillas comenzaron a ponerse rojas. Me miraba sin decir mucho.
Y justo en ese momento estábamos llegando a la pollería. Le agradecí al taxista por el viaje, bajé primero, abrí la puerta para que ella descendiera y una vez que estuvo fuera del vehículo, cerré la puerta detrás de nosotros.
Ni bien nos sentamos en la pollería, ocurrió otra de esas coincidencias que parecen pequeñas, pero que terminan quedándose grabadas en la memoria.
Empezó a sonar otra canción de Green Day. Y no era cualquier canción, era Sassafras Roots, del álbum Dookie.
Automáticamente me puse a cantarla.Ella me observaba sonriendo mientras yo seguía el ritmo de la canción moviendo ligeramente la cabeza.
—Se nota que amas esa banda —me dijo.
Yo simplemente sonreí y asentí mientras seguía cantando.
Cuando terminó la canción, nos entregaron la carta. Hicimos el pedido, llegaron las bebidas, luego la comida y continuamos conversando.
Todo estaba tomando forma.Todo parecía estar fluyendo. Y fue precisamente ahí cuando me enteré de algo que no esperaba Ella no estaba soltera. Estaba en una relación. Una relación que, según me contó, atravesaba ciertos desafíos y momentos complicados.
Yo llevaba algunos meses de haber terminado la mía. En ese momento me encontraba en una etapa de conocer personas, descubrir nuevas historias y permitirme cerrar bien un ciclo que había sido importante para mí.
Pero no voy a mentir. Ella me había atraído muchísimo desde que la vi. Me había llamado la atención desde el primer instante.
Y negar eso sería faltar a la verdad. Después de ese momento, que debo admitir que fue un poco incómodo para mí, pero de igual forma seguiamos conversando.
Estaba incómodo no porque ella me hubiera ocultado la información. Me enteré porque yo se lo pregunté.bAunque, siendo completamente honesto, me habría gustado que naciera de ella misma contármelo.
Pero la vida no siempre sigue el guion que uno imagina. Dentro de toda esa conversación, ella me hizo una pregunta.
—Ya que estás tan conectado con la astrología ¿qué tan intuitivo eres?
Sonreí.
—Si te digo la verdad, del uno al diez, soy veinte.
Ella soltó una pequeña risa.
Y yo continué.
—Soy tan intuitivo que puedo percibir cuando una persona es genuina conmigo. También cuando alguien se acerca solamente porque necesita algo. Intuyo cuando alguien quiere conocerme de verdad y cuando alguien simplemente está de paso.
Hice una pequeña pausa.
—También suelo darme cuenta cuando me mienten. Cuando intentan utilizarme. Y lo más loco que vas a escuchar hoy es que también puedo intuir cuando le gusto a alguien.
Fue entonces cuando ocurrió algo curioso. Ella bajó la mirada hacia su plato. Como si aquella última frase hubiera generado una pequeña descarga eléctrica en la conversación o quizás la tomó por sorpresa.
No lo sé. Lo cierto es que noté el cambio. Sus mejillas se sonrojaron una vez más y decidí hacer algo.
—Dame un minuto. Voy al baño.
En realidad quería darle un pequeño respiro a la conversación y también quería confirmar algo que rondaba por mi cabeza.
Mientras caminaba hacia el baño, saqué el celular y llamé rápidamente a Giselle, mi mejor amiga y le conté en pocos minutos lo que acababa de descubrir.
Ella me escuchó con atención y me dio un consejo tan simple como valioso:
—Tómate las cosas con calma y sé un caballero.
Y eso hice. Respiré profundo,tomé las cosas con calmay decidí ser un caballero.
Salí del baño y regresé a la mesa. Decidí quedarme. Decidí seguir disfrutando del momento. Decidí ser atento, respetuoso y mantener la misma postura que había mostrado desde el primer instante. También decidí respetar su espacio y respetar la relación en la que se encontraba.
Honestamente, me moría por besarla. Me moría por caminar tomado de su mano. Me moría por decirle cuánto me gustaba. Y si se sentía la conexión y ella no me era indiferente.
Pero la vida a veces te pide paciencia, incluso cuando el corazón quiere correr. Las horas siguieron avanzando y decidimos salir a caminar.
Nos fuimos al Parque El Olivar de San Isidro. Caminamos entre los árboles, observamos los peces en la laguna, vimos a los niños correr y disfrutamos de ese ambiente que tiene la capacidad de hacer que el tiempo avance más lento.
Ella ama a los niños. De hecho, uno de sus sueños más grandes es convertirse en mamá en algún momento. También ama a los perros. Yo amo a los perros y a los gatos. Y entre conversación y conversación, seguíamos descubriendo pequeñas coincidencias.
Después nos dirigimos a Puku Puku de Pardo y Aliaga. Ni bien entramos, los chicos me saludaron. También lo hizo el administrador. Nos estrechamos la mano y nos dimos un abrazo.
Cuando nos sentamos, ella me dijo:
—Se nota que vienes muy seguido aquí. Qué bonito cómo te saludan. Me encanta.
Sonreí.
—Sí. La pasión por el café nos unió y con el tiempo hemos construido una bonita amistad con todos ellos. Al final, esto es mucho más que una taza de café.
Luego le pregunté:
—¿Qué te gustaría tomar?
Ella me miró con ternura y respondió:
—¿Qué me recomiendas tú?
Pensé unos segundos.
—Yo me voy a pedir un Flat White. A ti te recomendaría un Caramel Cappuccino. Tiene ese equilibrio entre café, leche y dulzor que creo que te va a gustar.
Ella sonrió.
—Confío en tu recomendación.
—Gracias por confiar en mí.
—Siempre —respondió.
Fui a ordenar el pedido y mientras esperaba las bebidas, también pedí una porción de torta de chocolate. Durante una de nuestras conversaciones anteriores me había contado que la torta de chocolate era uno de sus postres favoritos junto con la torta helada.
Cuando regresé a la mesa con las bebidas y el postre, me miró sorprendida.
—No me esperaba este detalle.
—Es con todo el gusto del mundo. Espero que lo disfrutes.
Y vaya que lo disfrutó.
Seguimos conversando. Hablamos sobre nuestros lenguajes del amor. De hecho, fue ella quien me recomendó leer sobre ese tema ya que existe un libro con ese nombre.
Hablamos de nuestros sueños. De nuestros miedos. De esas inseguridades que a veces todos tenemos, pero que pocas veces confesamos. Y sin darnos cuenta ya eran casi las siete de la noche. El aroma del café parecía haberse intensificado. La tarde se estaba convirtiendo lentamente en noche.
Entonces le pregunté
—Dayana dentro de una hora empieza una obra de teatro. ¿Quieres ir o ya tienes que regresar?
Ella me miró intrigada.
—¿Dónde es?
—En el Teatro La Plaza, en Larcomar.
Hice una pequeña pausa.
—¿Vamos?
Por un instante pensé que me diría que no.
Pensé que quizá era el momento de acompañarla a tomar su movilidad y despedirnos, pero para mi sorpresa respondió:
—Sí, vamos.
Y nos fuimos.
Llegamos al teatro, tomamos nuestros asientos y comenzó la función. Mientras observábamos la obra ocurría algo curioso. Por momentos ella me miraba y cuando ella se concentraba en el escenario, yo la observaba a ella.
Era un inocente juego de miradas que ninguno de los dos mencionaba. Cuando terminó la función ya eran más de las diez de la noche. Y apareció otro tema, el hambre.
—¿Tienes hambre? —le pregunté.
—Sí Adrián.
—¿Y si comemos algo?
Ella sonrió.
—Pero ya me invitaste el almuerzo, el café, postre y el teatro. Déjame invitarte algo esta vez.
—¿Estás segura?
—Sí. ¿Qué te provoca?
—Una hamburguesa podría ser.
Ella soltó una pequeña risa.
—Yo tengo ganas de fajitas o tacos. ¿Y si vamos a Chili’s?
Y así terminamos en Chili’s del Óvalo Gutiérrez.
Entré primero y le abrí la puerta. Nos sentamos y seguimos hablando. La conversación parecía no tener fin.
Yo estaba reuniendo valor para decirle lo que sentía, pero decidí no hacerlo. No era el momento y tampoco era justo. Así que guardé esas palabras para mí.
Las risas, la comida, las historias y el hermoso gesto de ella de invitarme la cena hicieron que el tiempo volviera a desaparecer.
Cuando nos dimos cuenta, eran las dos de la mañana. Mi taxista de confianza pasó a recogernos. La acompañé hasta su casa. Vivía bastante lejos. Con tráfico, el trayecto podía tomar casi dos horas.
Después emprendí mi camino de regreso. Llegué a casa cerca de las cuatro de la mañana.
Minutos después recibí un mensaje suyo y quería saber si había llegado bien.
Le respondí que sí.
Y antes de dormir le escribí algo que sentía de verdad:
«Gracias por el día de hoy. Han sido las trece horas más bonitas y divertidas del mundo. Espero que se vuelva a repetir.»
Y apagué el teléfono con una sonrisa que me acompañó hasta quedarme dormido.