Eran ya las once y cuarto de la noche y yo estaba en casa de Carlitos, comiendo sushi con un grupo de amigos, celebrando el lanzamiento de su libro. Mientras tanto, Dayana y yo hablábamos de forma esporádica por chat.
Ella quería mandarme un audio, pero sabía que yo estaba con gente, así que no lo hizo. Yo le dije que no había problema, que lo podía mandar igual y lo escuchaba después… aunque en el fondo era una excusa para volver a escuchar su voz.
Pasaron las once y veinticinco de la noche y ella me escribió diciendo que ya había llegado a su casa.
—Adrián, ya estoy en casa —me dijo Dayana.
Qué tranquilidad me dio leer eso. En serio. Fue un alivio inmediato saber que había llegado bien.
—Pensé que llegarías un poco más tarde —le respondí—. ¿Y tú ya vas para casa?
—En 20 minutos me van a recoger, mañana hay cosas que hacer —le dije.
—Sí, yo también debo ir a la oficina primero —me respondió ella.
Yo le conté que al día siguiente tenía una reunión en una cafetería en la calle Miguel Dasso, en San Isidro.
—Entiendo y te irá increíble —me dijo.
—Yo sé que a ti también te irá increíble —le respondí—. Nos irá muy bien en todo lo que hagamos.
Y así, la conversación siguió fluyendo de manera natural. Empezamos a hablar otra vez de astrología, como si no hubiera pausas entre nosotros.
Ya camino a casa, nos mandábamos audios. Ella me enviaba audios a mí también. Y sin darnos cuenta, nos quedamos hablando hasta casi la una de la mañana.
En ese momento, me reía con cada cosa que me contaba y ella también se reía con lo que yo decía. Era una conexión ligera, cálida, casi magnética.
Al día siguiente, ya desde la cafetería, seguimos hablando, aunque más intermitente porque cada uno estaba en sus cosas. Pero la comunicación seguía viva. Nos mandábamos fotos de lo que hacíamos, pequeños fragmentos del día.
Sentía que la energía fluía de una manera muy bonita entre nosotros.
Y llegó el gran día.
Un día antes, me acuerdo que me junté con Giselle, una de mis mejores amigas y le había contado también un poco de la historia a Mónica. Con Mónica desayuné ese día y con Giselle tuve un pequeño lonche dulcero en el Puku Puku de la calle Miguel Dasso, donde estuvimos hablando de la vida.
Ellas me deseaban lo mejor, que me fuera bien, que todo saliera increíble. Ambas me dieron un abrazo. Luca también sabía del tema, al igual que Jason. Y yo estaba feliz de que ellos lo supieran. A mi hermana Samira también le conté vagamente, pero igual me deseó éxito, diciendo que “la energía iba a fluir bien”, como buena pitonisa que es.
Y llegó el ansiado sábado de septiembre.
Nos íbamos a ver.
Estuve cerca del lugar como media hora antes. Siempre puntual, siempre cuidando mi imagen. Llegué y la verdad es que los nervios se apoderaron de mí por un momento.
Ella me escribió preguntando por dónde estaba, y yo le respondí que ya estaba cerca, esperándola.
Cuando bajó del Metropolitano, me llamó para decirme que ya estaba llegando. Yo me había movido un poco, así que le pedí que me esperara fuera de una tienda de cueros que hay en el centro comercial.
Me acerqué mientras hablaba por teléfono con un amigo. Bajé las escaleras eléctricas… y la vi.
Ahí estaba ella.
Parada, observando el lugar con una mirada tierna, como recién salida de clases del taller donde estudiaba diseño.
Y en ese instante, todo se silenció un poco.
Su belleza era evidente. Y lo sigue siendo.
Bajé, me acerqué y le dije:
—Hola.
Y ella me respondió:
—Hola.
Su mirada era tímida. Tierna. Y sus mejillas se sonrojaron ligeramente.
—¿Cómo te fue venir hasta acá? —le pregunté.
—La verdad, muy bien… aunque quería que el viaje fuera más rápido —me dijo.
—Yo también quería que fuera más rápido —le respondí—. No quiero perder ni un minuto contigo.
—Yo tampoco, la verdad —me dijo.
Nos miramos.
De verdad nos miramos.
Y en ese momento todo alrededor parecía ruido.
—Mira, todo esto está lleno —le dije—. Vamos a ver si encontramos algún restaurante.
Caminamos unos minutos por el centro comercial, pero todo estaba repleto. Entonces le dije:
—Mejor voy a pedir un taxi para llevarnos a una pollería que conozco en San Isidro.
—Yo te sigo —me dijo.
Pedí el taxi y nos recogió en la puerta del hotel Sheraton. Y antes de cualquier malentendido, solo fue un punto de encuentro para subirnos al taxi.
El taxi llegó, le abrí la puerta, ella subió, luego subí yo, y empezamos a conversar.
Me contaba lo que estaba haciendo en su taller, y yo no podía creer lo que estaba viviendo en ese momento.
Era ella, su voz, su perfume a jazmín, su mirada. Todo junto.
Y en ese instante entendí que algunas experiencias no se explican del todo, solo se sienten.
Ella era hermosa. La vida era hermosa. Y ese momento también lo fue.