Parte dos

Eran ya las once y cuarto de la noche y yo estaba en casa de Carlitos, comiendo sushi con un grupo de amigos, celebrando el lanzamiento de su libro. Mientras tanto, Dayana y yo hablábamos de forma esporádica por chat.


Ella quería mandarme un audio, pero sabía que yo estaba con gente, así que no lo hizo. Yo le dije que no había problema, que lo podía mandar igual y lo escuchaba después… aunque en el fondo era una excusa para volver a escuchar su voz.
Pasaron las once y veinticinco de la noche y ella me escribió diciendo que ya había llegado a su casa.


—Adrián, ya estoy en casa —me dijo Dayana.
Qué tranquilidad me dio leer eso. En serio. Fue un alivio inmediato saber que había llegado bien.
—Pensé que llegarías un poco más tarde —le respondí—. ¿Y tú ya vas para casa?
—En 20 minutos me van a recoger, mañana hay cosas que hacer —le dije.
—Sí, yo también debo ir a la oficina primero —me respondió ella.
Yo le conté que al día siguiente tenía una reunión en una cafetería en la calle Miguel Dasso, en San Isidro.
—Entiendo y te irá increíble —me dijo.
—Yo sé que a ti también te irá increíble —le respondí—. Nos irá muy bien en todo lo que hagamos.


Y así, la conversación siguió fluyendo de manera natural. Empezamos a hablar otra vez de astrología, como si no hubiera pausas entre nosotros.
Ya camino a casa, nos mandábamos audios. Ella me enviaba audios a mí también. Y sin darnos cuenta, nos quedamos hablando hasta casi la una de la mañana.
En ese momento, me reía con cada cosa que me contaba y ella también se reía con lo que yo decía. Era una conexión ligera, cálida, casi magnética.


Al día siguiente, ya desde la cafetería, seguimos hablando, aunque más intermitente porque cada uno estaba en sus cosas. Pero la comunicación seguía viva. Nos mandábamos fotos de lo que hacíamos, pequeños fragmentos del día.
Sentía que la energía fluía de una manera muy bonita entre nosotros.

Y llegó el gran día.
Un día antes, me acuerdo que me junté con Giselle, una de mis mejores amigas y le había contado también un poco de la historia a Mónica. Con Mónica desayuné ese día y con Giselle tuve un pequeño lonche dulcero en el Puku Puku de la calle Miguel Dasso, donde estuvimos hablando de la vida.


Ellas me deseaban lo mejor, que me fuera bien, que todo saliera increíble. Ambas me dieron un abrazo. Luca también sabía del tema, al igual que Jason. Y yo estaba feliz de que ellos lo supieran. A mi hermana Samira también le conté vagamente, pero igual me deseó éxito, diciendo que “la energía iba a fluir bien”, como buena pitonisa que es.
Y llegó el ansiado sábado de septiembre.
Nos íbamos a ver.


Estuve cerca del lugar como media hora antes. Siempre puntual, siempre cuidando mi imagen. Llegué y la verdad es que los nervios se apoderaron de mí por un momento.
Ella me escribió preguntando por dónde estaba, y yo le respondí que ya estaba cerca, esperándola.


Cuando bajó del Metropolitano, me llamó para decirme que ya estaba llegando. Yo me había movido un poco, así que le pedí que me esperara fuera de una tienda de cueros que hay en el centro comercial.
Me acerqué mientras hablaba por teléfono con un amigo. Bajé las escaleras eléctricas… y la vi.
Ahí estaba ella.
Parada, observando el lugar con una mirada tierna, como recién salida de clases del taller donde estudiaba diseño.
Y en ese instante, todo se silenció un poco.
Su belleza era evidente. Y lo sigue siendo.
Bajé, me acerqué y le dije:


—Hola.
Y ella me respondió:
—Hola.
Su mirada era tímida. Tierna. Y sus mejillas se sonrojaron ligeramente.
—¿Cómo te fue venir hasta acá? —le pregunté.
—La verdad, muy bien… aunque quería que el viaje fuera más rápido —me dijo.
—Yo también quería que fuera más rápido —le respondí—. No quiero perder ni un minuto contigo.
—Yo tampoco, la verdad —me dijo.
Nos miramos.
De verdad nos miramos.
Y en ese momento todo alrededor parecía ruido.
—Mira, todo esto está lleno —le dije—. Vamos a ver si encontramos algún restaurante.
Caminamos unos minutos por el centro comercial, pero todo estaba repleto. Entonces le dije:
—Mejor voy a pedir un taxi para llevarnos a una pollería que conozco en San Isidro.
—Yo te sigo —me dijo.
Pedí el taxi y nos recogió en la puerta del hotel Sheraton. Y antes de cualquier malentendido, solo fue un punto de encuentro para subirnos al taxi.
El taxi llegó, le abrí la puerta, ella subió, luego subí yo, y empezamos a conversar.
Me contaba lo que estaba haciendo en su taller, y yo no podía creer lo que estaba viviendo en ese momento.

Era ella, su voz, su perfume a jazmín, su mirada. Todo junto.
Y en ese instante entendí que algunas experiencias no se explican del todo, solo se sienten.
Ella era hermosa. La vida era hermosa. Y ese momento también lo fue.

La fila lleva tu nombre

Dayana Zapata y Adrián Bonilla se conocieron un cuatro de agosto, en la cola de la firma de libros del mejor amigo de Adrián.

El gélido invierno acechaba a todos los asistentes de la FIL, pero el calor de la firma y del momento hacía olvidar aquello.

Horas antes, Adrián le hacía bromas por interno a Carlitos Arenas diciéndole que no iría, que tenía frío.

—JAJA JA  tú siempre eres tan chistoso, Adrián —respondía Carlitos—. Recuerda que después de la firma nos iremos a mi departamento para celebrar con los chicos. Hay un barco gigante de Makis esperándonos.

—Lo sé hermano. Yo iré. De hecho, ya te mandé una foto de la entrada que compré. Nos vemos sí o sí ahí —contestó Adrián.

Aquella conversación había ocurrido el mismo domingo cuatro de agosto, alrededor de las ocho de la mañana. Carlitos y Adrián coordinaban cómo se encontrarían más tarde en la feria.

Pasaban las once. Las doce. La una de la tarde y la sala de Adrián comenzaba a impregnarse de notas cafeteras. Porque si había algo que él amaba profundamente además de la música, es el café.

Discos de Green Day, The Killers, Korn, System of a Down, Nirvana y Good Charlotte sonaban sin cesar mientras Adrián realizaba su pequeño ritual cafetero, preparándose mentalmente para el acontecimiento de aquella tarde. Porque si había algo que emocionaba genuinamente a Adrián, era ver brillar a sus mejores amigos.

Carlitos y Adrián se habían conocido en distintos talleres de crecimiento personal años atrás. La vida los cruzó un día del dos mil quince y desde entonces, nació una amistad duradera. Una de esas amistades donde ambos aprenden, ambos se alimentan y ambos se respetan profundamente.

A las cuatro de la tarde, Adrián ya había llegado al Real Plaza Salaverry en búsqueda de un almuerzo ligero por la hora. En menos de dos horas, Carlitos presentaría su nuevo libro y él quería comer algo rápido antes de ir

Entre el almuerzo y el trayecto, Adrián apenas tardó cuarenta y cinco minutos en llegar a la FIL. Todo quedaba sobre la misma avenida.

Al llegar, llamó a Carlitos.

—Bro, ¿ya llegaste?

—Estoy a unos minutos —respondió Carlitos—. Espérame cerca al auditorio Bryce Echenique, ahí será la presentación.

Adrián caminó entre pabellones, librerías y grupos de personas que iban y venían cargando bolsas llenas de libros, hasta llegar al punto acordado.

Minutos después, ambos se encontraron. Adrián le había llevado un pequeño detalle a Carlitos. Nada extravagante, sólo algo simbólico. Algo muy suyo.

Después de abrazarse, Adrián tuvo una idea.

—Carlitos, escúchame. Yo sé que vas a llenar esta sala y se me acaba de ocurrir algo. Ni bien anuncies la firma de libros, voy a correr para ver cuántas personas están tan emocionadas como yo por verte firmar tus libros. ¿Qué te parece, bro?

Carlitos soltó una sonrisa inmediata.

—Me encanta la idea, hermano. Pero ya sabes, termina la firma y nos vamos a comer porque he preparado algo demasiado rico.

Adrián levantó una ceja intrigado.

—¿Qué cosa?

—Makis. Tus favoritos.

Adrián soltó una carcajada.

—Lo sabía, hermano. Y yo justo traje mi mochila, café y todo. Voy a preparar filtrados fríos para festejar que eres un genio y que la estás rompiendo. Estoy muy orgulloso de ti, Carlitos. De verdad siento que estás llegando demasiado lejos.

Carlitos lo miró unos segundos antes de responder.

—Y tú también, Adrián. Le estás metiendo demasiada pasión, alma, corazón y vida al mundo del café. Definitivamente te estás convirtiendo en lo que siempre quisiste ser.

Adrián sonrió.

—Gracias por inspirarme, hermano. De verdad eres uno de los mejores amigos que la vida me regaló.

Carlitos le dio una palmada en el hombro.

—Vamos con todo, hermano. Siempre se puede.

La sala donde Carlitos presentaría su nuevo libro se llenó en menos de veinte minutos. Personas de todas las edades ocupaban cada asiento disponible para escucharlo hablar sobre su obra, mientras otras tantas permanecían afuera intentando encontrar un espacio desde donde verlo.

Entre todas esas personas, había alguien que más adelante conocerán en este relato.

Yo estaba sentado en la primera fila, grabando orgullosamente a Carlitos mientras exponía y contaba la historia detrás de su libro. Lo aplaudía, lo grababa y subía historias a Instagram porque siempre he pensado que a las personas que uno quiere se les debe apoyar muchísimo. Verlas crecer también inspira a luchar por nuestros propios sueños.

La presentación terminó entre aplausos. Entonces anunciaron la firma de libros.

En ese instante, me puse de pie y le escribí a Carlitos por WhatsApp:

—Haré mi travesura—

Carlitos leyó el mensaje desde lejos, levantó la mirada, sonrió y alzó la mano como aprobando mi pequeña locura.

Y ahí fui. Salí del auditorio y empecé a caminar por casi toda la feria buscando la gigantesca fila de la firma. Mientras avanzaba entre pabellones y personas, abrí Spotify y puse música para acompañar el momento.

No sabía exactamente dónde terminaba la cola. Así que caminaba preguntando.Buscando,preguntando, buscando otra vez.

Hasta que llegué a una pequeña parte de la fila donde había tres mujeres conversando sobre astrología. No sé exactamente por qué, pero una de ellas llamó mi atención. Quise participar dando información verídica porque sentía que parte de la información que compartían no era del todo correcta.

Primero pasé de largo y las observé apenas unos segundos, pero terminé regresando.

Y entonces, lancé un comentario casual sobre Mercurio Retrógrado. Porque, curiosamente, al día siguiente comenzaba.

La conversación cambió de inmediato. Empecé a contarles algunas cosas más sobre astrología, un tema que siempre me gusta muchísimo, mientras las tres me escuchaban con atención.

Cuando terminé, sonreí levemente y dije:

—Por cierto, me presento. Soy Adrián Bonilla. Mucho gusto.

Una señora del grupo de tres respondió primero.

—Yo me llamo Patricia Mucho gusto.

La otra señora sonrió.

—Yo soy Sara. Encantada.

Entonces la más joven del grupo levantó la mirada. Una de las miradas más tiernas, dulces y tímidas que me enganchó y por un momento sentí que el ruido de la feria desaparecía un poco.

Ella me miró tímidamente, tal cual les describo líneas arriba.

Yo la miré fijamente y entonces dijo:

—Mucho gusto, Adrián. Yo soy Dayana
— El gusto es mio Dayana. Que bonito nombre por cierto….

Las historias que orbitan

Hay historias que no empiezan del todo, pero tampoco terminan, solo orbitan.

Se esconden en cafeterías pequeñas, en canciones viejas sonando por casualidad, en mensajes no enviados, en abrazos que duran un segundo más de lo normal y en despedidas donde nadie realmente quiere irse todavía.

A veces dos personas se encuentran en el momento incorrecto, pero con la conexión correcta.

Y quizá esa es una de las formas más extrañas y hermosas del destino. Porque no todas las conexiones llegan para destruirte. Algunas llegan para recordarte que todavía puedes sentir. Que todavía puedes mirar a alguien y sentir calma. Que todavía puedes conversar durante horas sin mirar el celular. Que todavía puedes encontrar refugio en la presencia de otra persona.

Hay personas que llegan lentamente. Sin ruido. Sin promesas. Sin etiquetas. Y aun así terminan ocupando espacios enormes dentro de nosotros.

A veces todo comienza con un café. Con una conversación que se alarga demasiado. Con una mirada que dura un poco más de la cuenta. Con una sensación difícil de explicar, pero imposible de ignorar.

Y entonces aparece lo peligroso: la costumbre emocional. Pensar en alguien cuando escuchas cierta canción. Recordarlo cuando pasas por una calle específica. Sonreír sin darte cuenta al releer una conversación vieja. Sentir que ciertos lugares ya nunca volverán a sentirse completamente vacíos porque alguna vez estuvieron ahí juntos.

Pero también existen los tiempos imperfectos. Las personas que todavía están sanando algo. Las dudas, los miedos, las emociones contenidas, las palabras que casi se dicen. Los besos que casi suceden.

Y quizás por eso algunas historias se quedan suspendidas en un lugar extraño entre la amistad, el deseo, la nostalgia y la posibilidad.

Como si dos personas llevaran demasiado tiempo orbitando alrededor de algo que todavía no se animan a tocar completamente.

Tal vez algunas conexiones no necesitan correr. Tal vez ciertas historias llegan para enseñarnos que también existe belleza en lo incompleto.

Y que a veces, incluso el “casi” puede dejar una huella eterna.

El legado que no necesita nombre

La película Michael (2026) protagonizada por Jaafar Jackson, sobrino de Michael Jackson, muestra una versión humana, intensa y profundamente reflexiva de la vida del artista. Más allá del escenario, deja aprendizajes que pueden aplicarse a la vida misma.

Uno de los primeros aprendizajes es la disciplina. Michael Jackson, interpretado desde su proceso creativo, enseña que el talento sin constancia no sostiene ningún sueño. La excelencia se construye repitiendo, corrigiendo y exigiendo más de uno mismo.

Otro aprendizaje profundo es la sensibilidad detrás de la grandeza. La película muestra que incluso las figuras más icónicas cargan dudas, presiones y una búsqueda constante de identidad. Ser exitoso no elimina la humanidad, la expone.
También deja una enseñanza sobre la visión: atreverse a pensar en grande. Michael no se conformaba con hacer música, buscaba transformar la experiencia del público en algo emocional, visual y espiritual.

El legado es otro punto clave. La película recuerda que lo que hacemos puede trascender nuestra vida. Michael Jackson no solo creó canciones, creó cultura, identidad y memoria colectiva.

Finalmente, la película deja una lección de resiliencia y es seguir creando incluso cuando hay presión, ruido externo o expectativas imposibles. La pasión verdadera no se apaga con la dificultad, se fortalece.

En conjunto, Michael no es solo una historia sobre fama, sino una invitación a vivir con propósito, disciplina y sensibilidad. Nos recuerda que cada persona tiene un escenario propio y que lo importante no es la perfección, sino la intención con la que se camina la vida. El arte, el trabajo y los sueños requieren entrega total, pero también autenticidad.

Al final, lo que permanece no es el aplauso, sino el impacto que dejamos en otros.
Eso es lo que realmente define el legado de Michael. Una vida vivida desde el arte, la entrega y el amor incondicional profundo.

Donde vive la pasión, empieza la vida

Hay algo profundamente transformador en hacer lo que amamos. No se trata solo de cumplir metas o alcanzar resultados visibles, se trata de esa chispa interna que se enciende cuando el tiempo parece detenerse y todo cobra sentido. La pasión no es un lujo ni un capricho: es una forma de estar vivos.

Cuando hacemos algo con pasión, dejamos de contar las horas y empezamos a medir los momentos. Nos entregamos por completo, con errores incluidos, con dudas y con miedos, pero también con una energía que no se puede fingir. Es ahí donde ocurre la magia: en ese punto exacto donde el esfuerzo se convierte en disfrute.

Muchas veces el mundo nos empuja a elegir lo seguro, lo estable, lo que “debería ser”. Pero la pasión rara vez sigue ese camino. Es incómoda, insistente, incluso rebelde. Nos habla en voz baja al inicio, pero si la ignoramos, termina gritándonos. Porque sabe que ahí, en eso que tanto nos mueve, hay una versión más auténtica de nosotros mismos esperando salir.

No siempre será fácil. Habrá días de cansancio, de frustración, de sentir que nada avanza. Pero incluso en esos momentos, la pasión actúa como un ancla. Nos recuerda por qué empezamos. Nos sostiene cuando la motivación se desvanece y nos empuja a seguir cuando todo parece cuesta arriba.

Hacer lo que amamos no garantiza éxito inmediato, pero sí garantiza algo mucho más valioso y es la coherencia con uno mismo. Y esa coherencia, esa sensación de estar alineados con lo que sentimos y pensamos, es una forma de éxito que no se puede comprar ni imitar.

Quizá la pregunta no sea ¿vale la pena?  sino ¿qué pasa si no lo intento?. Porque al final, la vida no se mide solo en logros, sino en la intensidad con la que decidimos vivirla. Y la pasión, cuando se escucha y se honra, convierte lo cotidiano en algo extraordinario.

Quince de abril

Hoy desperté como de costumbre. Hice casi todo como de costumbre.
Pero en el fondo, no era un día cualquiera.
Días atrás tuve sentimientos encontrados.
Por un lado, quería que el tiempo pasara rápido y por otro, no.
Porque sabía que el quince de abril estaba cada vez más cerca.

Hoy desperté y entendí: son nueve años sin ti.
Nueve años desde la última vez que hablamos,
la última vez que te vi, que te di un beso,
la última vez que compartimos una conversación.

Muy en el fondo, creo que sabía que sería nuestra última plática,pero no quise aceptarlo.
Y aunque no sé de dónde saqué tanta fuerza para no llorar en ese momento,
cuando llegó la despedida, no pude contener las lágrimas.

Han pasado muchas cosas en estos nueve años.
Cosas bonitas y otras no tanto.
He avanzado en varios proyectos, y en otros, he aprendido.
He conocido gente que vale la pena,
y también he sabido dejar ir a quienes ya no tenían lugar en mi vida.

Tú sabes que soy profundamente agradecido…
y eso te lo debo a ti.

Me encantaría que estuvieras aquí para celebrar todo lo que está pasando.
No tienes idea de cuánto extraño salir contigo una tarde,
tomar un café, comer un postre
o simplemente salir a la calle porque ese día no se te antojaba cocinar.

Sé que, desde donde estás, me miras, me cuidas y te ríes de cada ocurrencia mía.

Quiero que estés tranquila.
Estoy rodeado de gente linda,
y esos sueños que alguna vez compartimos,
hoy empiezan a materializarse.

Salud por eso, mamita.
Te mando un beso enorme al cielo. Tu hijo, el Rockstar,
siempre te recuerda y te lleva en el corazón.

Te amo.

El escritor despiadado

El escritor despiadado es un ser sin filtro. Es alguien que escribe su vida, lo que le pasa, lo que observa, lo que siente en el momento. Escribe lo que muchos callan.


También escribe sobre aquellos que lo traicionaron, los que jugaron sucio con él. Y es ahí donde emerge su lado más oscuro: malévolo, inescrupuloso, despiadado y arremete sin piedad.
Pero no todo es sombra. El escritor sin filtro también tiene un corazón noble. Es empático, sociable, cercano. Sin embargo, basta con intentar jugar con él para que aparezca esa versión que nadie quiere conocer.


Tiene un canal en YouTube donde comparte su vida y habla de actualidad, política, música, cine, teatro y conciertos. Pronto lanzará un podcast en Spotify y está afinando cada detalle para que todo salga espectacular. Su deseo es claro y es llegar a distintos rincones del mundo.


Además, quiere crear una especie de club para ayudar a quienes sueñan con publicar un libro pero no cuentan con las herramientas necesarias. Como él mismo dice:


-Queremos más escritores en este país. Vamos a dar la oportunidad a quienes se atrevan a exponer sus ideas y sentimientos. Escribir es una gran responsabilidad, pero también una hermosa terapia.-


Y entonces uno lo entiende. El escritor despiadado no es tan despiadado como parece.

El café dónde me encontré conmigo

Fui a tomar un café con mi yo de 15 años.


Él llegó cinco minutos tarde y yo llegué treinta minutos antes. Pidió su frappé de caramelo y yo un americano helado con una torta de chocolate. Me miró con curiosidad como si intentara descifrar en qué nos habíamos convertido. Me preguntó si habíamos logrado viajar por el mundo, yo le dije que aún nos quedan destinos, pero que ya hemos vivido más de lo que alguna vez se atrevió a imaginar.


Me confesó que tenía miedo de no ser suficiente. Me dijo que se avergonzaba en parte de la frenética vida loca que tiene.
Le sonreí con calma y le dije que lo es y que siempre lo fue y que no tenga vergüenza. Porque el va a crecer, dejará esos hábitos que no le suma y será una mejor persona. Que abrace esta versión de hoy.


Hablamos de sueños. Me dijo que quería hacer algo grande, pero que no sabía por dónde empezar. Le conté que no se preocupara, que ya estaba en camino, que cada decisión valiente, incluso las que duelen, nos acerca.
Entonces lo vi.


Vi su travesía rockera, sus días intensos, sus búsquedas. Ese adolescente que consumía marihuana intentando llenar vacíos, intentando entenderse. No lo juzgué. Lo abracé y lo entendí. Le conté quién soy ahora.


Le dije que hoy nuestro cuerpo se mueve, que hemos pedaleado más de 100 kilómetros y que esto recién empieza. Que pronto viene una sorpresa. Que ya no necesitamos drogas para sentirnos vivos. Que ahora encontramos claridad en el esfuerzo, en la disciplina, en el silencio que antes evitábamos.
Le hablé de cómo aprendimos a decir no. De cómo ahora escribimos, hacemos música y emprendemos tal como él lo soñaba cuando caminaba solo por la playa de La Punta, o se perdía en sus pensamientos en el parque Domodossola o en el Roosevelt, cerca a Miguel Dasso.


Se quedó en silencio. Y entendí que no necesitaba más explicaciones.
Cuando llegó la cuenta, me dijo que quería pagar porque se había esforzado vendiendo cosas en el colegio para tener y para pagar para este momento. Sonreí y le dije que esta vez yo invitaba.


Porque hoy sé algo que él recién estaba empezando a descubrir:
No se trataba de ser perfecto.
Se trataba de no rendirse.
Antes de irnos, nos abrazamos.
Y en ese abrazo entendí que no dejé de ser él, sólo aprendí a cuidarlo.
Y hoy, por fin, estamos logrando cosas.

Honrar al que fui

Hace un par de días volví a sentir esa misma pasión.


Estaba en el concierto de The Killers, una de mis bandas favoritas y sin avisar, regresé a esos años de colegio donde tenía una banda con mis amigos. Éramos puro fuego. Covers, ensayos eternos, tocadas que se sentían como si estuviéramos frente a miles, aunque solo hubiera decenas… a veces centenas.
Cantábamos, coreábamos, saltábamos, vivíamos.


Me acordé de esas noches donde empezaba con diez pares de baquetas y terminaba con cinco. Entre canción y canción me acercaba al público y las regalaba, al mismo estilo de Tré Cool de Green Day. Siempre quise que la gente se lleve un pedacito de ese momento, así como yo me llevaba todo.


Y entendí algo: No hay nada más bonito que hacer lo que amas.
Nada más honesto que perderte en eso que te hace vibrar. A veces la vida te susurra: “vuelve”, pero no para repetir, sino para renacer en una mejor versión.


Hoy no soy ese adolescente que se escapaba de sí mismo. Hoy soy alguien que se elige, que se cuida, que entrena, que aprende, que siente.
Alguien que sigue su pasión, pero ahora con propósito.


Y hay algo que me pasa de vueltas fuerte: El chico que fui, estaría orgulloso del hombre en el que me estoy convirtiendo.
A veces crecer no es dejar atrás lo que amabas. No soy de los que se avergüenzan de quién fueron; soy de los que agradecen. Porque gracias a ese adolescente que fui, hoy conoces esta versión.


Gracias, yo adolescente, por permitirme volver a esto con el alma más limpia y el corazón más valiente.

El último spoiler



– Felipe Ganoza ¿correcto?
– Así es señor Gonzáles. Encantado de conocerlo.
– El gusto es mío, yo soy amigo de tu papá y me habló mucho de ti. De hecho, él y yo nos conocemos desde el colegio.
– Desde que empecé a estudiar en la universidad siempre me decía que postule a la empresa de su amigo. Siempre me habló bien de usted.
– Llámame Gregorio. Con toda la confianza del mundo.
– Está bien Gregorio.

Gregorio salió de mi escritorio yendo a los demás lugares a saludar y preguntar si todo estaba bien. Mi intuición decía que quería preguntarme algo con respecto a mi carrera o a mi turbia y nefasta experiencia en la antigua empresa. Supe por mi papá que Gregorio era amigo de Enrique y esta amistad terminó. Siempre que le preguntaba a mi papá que había pasado, nunca me lo quiso contar. Se hacía el loco, cambiaba de conversación o simplemente se marchaba diciendo que tiene que avanzar con sus actividades.


Sólo se que en algún momento daré con la verdad. He pasado seis años de mi vida en esa empresa. Al principio me costaba soltarme. Cuando me fui de ese lugar, yo salí llorando porque me encariñé tanto con Inés Vargas. Una excelente mujer con la que aún tengo comunicación. Más que mi jefa es una gran amiga. La quiero tanto como también a su familia que siempre se ha portado bien conmigo. Todo pintaba bien hasta que Enrique Beltrán tomó la decisión de poner a su consentido Jaime Collantes. Que para mí es un candelejón, un líder de armario, es un adulto con actitud pueril.

Algo que me enseñaron mis padres es a ser productivo. A dejar de creer que ser productivo es igual a estar ocupado y no poder siquiera comer con calma. Eso es algo que todos los días me inculcaba Inés y estoy muy agradecido porque me permitía acabar a tiempo mis quehaceres, podía ayudar a algunos en la oficina si era necesario o podía avanzar con algún pendiente. Por un momento me vino la idea de crear un blog y escribir en mis ratos libres en el trabajo, pero volvió ese temor de ser espiado, de que lleguen a descifrar la contraseña de mi Gmail. Eso me frenó la idea. Mejor decidí tener un post-in y anotar lo que se me ocurra. Si la inspiración llega en ese mismo instante, lo escribo ahí y ni bien termine mi turno me voy a una cafetería o me voy a casa. Lo bueno es que vivo a quince minutos yendo en mi scooter.