Este miércoles voy a revivir a un personaje que creí haber dejado en el pasado: mi yo adolescente. Ese chico imberbe, loco y extrovertido que tenía una banda de rock llamada Skull & Bones, donde yo era el baterista. Eran días de adrenalina pura: escaparme del colegio, faltar a la confirmación con tal de ensayar, pintarme las uñas de negro los viernes y sábados, delinearme los ojos, ponerme un arete a presión y vestirme completamente de negro. Era un ritual, una identidad, una forma de gritarle al mundo que estaba vivo.
Con mis amigos buscábamos cualquier rincón donde la música nos acompañara: el parque Domodossola, el Malecón, el Olivar. Siempre a escondidas del serenazgo, entre cigarros y marihuana, pero sobre todo entre sueños gigantes. Teníamos ganas de comernos el mundo, de que nuestra música lo sacudiera todo y en ese entonces anhelamos llenar estadios a la magnitud de estas bandas icónicas.
Green Day fue banda sonora de esa etapa. Sus canciones me hicieron sentir que no estaba solo, que había una tribu ahí afuera que vibraba con la misma chispa y la misma pasión. Por eso el día miércoles al verlos en concierto después de tantos años, siento que voy a encontrarme cara a cara con ese adolescente que todavía respira en mí.
La diferencia es que hoy soy otro. Ya no fumo, ni cigarro ni marihuana. Ya no confío a ciegas ni busco ser amigo de todos. Ahora prefiero calidad antes que cantidad y soy fiel creyente de que las energías nunca mienten.
El miércoles no sólo voy a ver a una de mis bandas favoritas. Voy a abrazar a ese chico rebelde que me enseñó a vibrar, pero también al hombre que aprendió a elegir con calma. En ese reencuentro, mi adolescencia y mi presente lo darán todo definitivamente.