Acabo de llegar a mi nuevo trabajo. Todo pinta bien, al parecer. Vengo de una experiencia media agria con ese tal Jorge Collantes, que no sabía tratar a la gente. Es de esos jefes que creen que todo lo saben y que nadie, absolutamente nadie, puede saber o conocer más que él. Ahora, si le tocas temas en inglés, se pone nervioso y de mal humor porque no sabe nada. Él mintió en su currículum a Enrique para que lo contrate, y eso me lo confesó un viernes de verano, totalmente ebrio. Es de esos borrachos que, cuando toman, sueltan toda la verdad sin importar a quién se la cuentan. No se miden.
En la oficina hay muchas chicas a las que les da ansiedad participar en reuniones donde está Jorge, porque cuando está ebrio saca su escondida y lasciva actitud. Los jefes conocen esas conductas casquivanas de Jorge, pero yo pienso que él algo sabe, algo les encubre, porque es muy raro que no sea recriminado como cualquier trabajador cuando no hace bien las cosas.
Me voy a mi escritorio y me coloco un audífono para poder trabajar con música, porque soy de esas personas que aman trabajar con música. Siento que, si no trabajo con música, no soy tan productivo. Es verdad que, una hora después de haberme despertado y aseado, tomo una taza de café, pero la música también hace lo suyo para poder trabajar inspirado. Creo que no soy el único que hace eso. He conocido personas a las que les va bien chambeando con música. También puedo hacerlo sin ella, pero soy más productivo con música, porque no tengo fatiga, no me aburro y pasan infinidad de cosas positivas.
Llegó Gregorio Gonzáles, un conocido gerente que tiene una trayectoria intachable. Es de esos hombres que no le temen a los nuevos retos. No es egoísta; es un líder por donde lo veas. Está siempre dispuesto a enseñar. Me quedé sorprendido por la buena actitud de este señor. De frente llegó a mi escritorio y me dijo:
—Felipe Ganoza, ¿correcto?
—Así es, señor Gonzáles. Encantado de conocerlo.
—El gusto es mío. Yo soy amigo de tu papá y me habló mucho de ti. De hecho, él y yo nos conocemos desde el colegio.
—Desde que empecé a estudiar en la universidad siempre me decía que postule a la empresa de su amigo. Siempre me habló bien de usted.
—Llámame Gregorio. Con toda la confianza del mundo.
—Está bien, Gregorio.
Gregorio salió de mi escritorio, yendo a los demás lugares a saludar y preguntar si todo estaba bien. Mi intuición decía que quería preguntarme algo con respecto a mi carrera o a mi turbia y nefasta experiencia en la antigua empresa.